
¿Qué es lo que nos pasa cuando salimos con la mochila al hombro? ¿Porqué no viajamos del modo socialmente establecido y aceptado por esta sociedad de masas? Aceptando tranquilamente sentarnos apáticamente en un asiento de colectivo de larga distancia, que a cambio de un boleto nos invita a mirar por la ventanilla, conectados a los auriculares del mp3. Sin cruzar mirada alguna con el ocasional compañero de asiento, más que para pedir permiso para ir al baño. Reconozco que las veces que viajo de esa manera tan convencional, sufro de una especie de "deformación profesional" y termino cebándole mate a los choferes.
Pero este no es el tema que nos incumbe, sino escudriñar el porqué salir de mochila, estar horas en la banquina a la espera de ese camión que nos lleve a rutas lejanas. Con el solo pretexto de compartir una charla, un fueguito, un abrazo al otro lado del camino. Salimos, y nuestro viaje arranca al finalizar la segunda vuelta de la llave en la cerradura de nuestros hogares. Y ahi aparece la que es, en realidad y con todas las letras, nuestra "casita". Una casa digna de esquimales por su forma de iglú, o de constructores de ataúdes, en caso de ser de media montaña. La carpa, esa que tiramos en el primer pastito libre que encontramos y enseguida cobra forma para protegernos de la lluvia, el viento y el sol. Una casa que no requiere de alarmas, ni complicadas puertas blindadas, ya que en la ruta se despejan todos los miedos. De patio un lago cristalino, sierras o playas. El techo lleno de estrellas que no se atreven a aparecer en medio de la ciudad, asustadas por las violentas luces de neón.
Así salimos, sin mucha idea de adonde nos llevan los caminos, sin itinerario ni citytour, ni coordinadores ni demasiados horarios. Nuestros guías son los mismísimos habitantes de cada lugar, quienes mejor conocen el terreno, y nos recomiendan esos resquicios guardados y escondidos a los ojos de los folletos turísticos. Así la ruta cambia a cada paso, a cada charla. La aventura de descubrir y aprender frente a cada persona que cruzamos, ante cada palabra que intercambiamos, se transforma en infinita.
El camino se abre, generoso, ante quien lo recorre deseoso de conocerlo y de aprender de su secreto y de ese polvo que se pega en la ropa. Las zapatillas se van llenando de barro y de historia, junto a los kilómetros desandados. La magia de la incertudumbre agita la adrenalina en las venas. Y así, el caminante se funde con los senderos, pariéndolos a casa paso. Pariéndolos y pariéndose a sí mismo como una nueva persona, con más sueños que conquistar y anécdotas en sus bolsillos.
A veces con frío, otras con un sol que no respeta ni se apiada, bajo tormentas intensas u oscuridades profundas. No tenemos las pseudo comodidades de un spa, un hotel resort o el nombre anglosajón de turno. Pero nos llena el alma esa ventolera. Nos llena el alma ese mate que viene justo, o el botellon de agua con bichitos y ramitas flotando, y a unos cuantos grados más tibia que lo necesario, o el vinito compartido y ese fuego, que hipnotiza y devuelve el aliento. Y las noches más frescas, nuestra casita nos da abrigo, envueltos en bolsas y (afortunados de nosotros) fundidos en un abrazo. Y las tardes de sopor, aislante debajo de un sauce, como mejor opción de siesta.
¿Porqué viajamos así? Aunque quedemos varados en medio de la nada, siempre aparece quien nos saca del apuro, y nos brinda su ayuda. La ruta nos da amigos, amores, historias, palabras. Momentos que no se si viviría sentada cómodamente en un colectivo de larga distancia, pegada la ñata contra el vidrio, queriendo bajar a cada rato a recorrer esos pueblitos perdidos en lo que aparenta no haber nada. Justo ahi, es donde hay mucho... ¿Ahora se entiende?...
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